Crisis y movilidad familiar: de la necesidad, virtud
16 de noviembre de 2011
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La crisis que se ha instalado en la economía española desde el año 2008 ha tenido unos efectos importantes sobre la vida de las familias, el más evidente en términos económicos es la drástica reducción del gasto año tras año. El ajuste ha sido importante.

En promedio cada hogar español gastó un total de 29.782 euros en el año 2010, un 6,9% menos que en 2007 cuando el ciclo económico llegó a sus máximos. Si descontamos la inflación, la caída del gasto medio de cada hogar llega a un 10,7%. Hoy, pues, consumimos mucho menos que en los tiempos felices de la primera mitad de la década anterior.

El gasto se ha ajustado, lógicamente, a unos presupuestos familiares condicionados por expectativas desfavorables y mermados por recortes salariales, menos rendimientos del trabajo autónomo, la caída de las rentas del capital y, especialmente, por el golpe que el paro ha supuesto en muchos hogares. En consecuencia, las familias han adaptado su consumo a sus prioridades más inmediatas. ¿De qué se ha prescindido y en qué medida?

La nueva encuesta de presupuestos familiares aparecida recientemente nos da luz sobre esta cuestión. La verdad es que los cambios son rotundos y no afectan de igual forma a las diferentes categorías de gasto doméstico. Hoy las familias españolas han cambiado radicalmente su patrón de consumo gastando más que antes en ciertos productos y servicios que, por una razón u otra, son más imprescindibles, y menos o mucho menos, en otros sustituibles o no tan necesarios o urgentes.

Entre las partidas que han visto aumentar su peso en la cesta de la compra se cuentan, en primer lugar, las comunicaciones, seguidas de la vivienda, la salud y la enseñanza. La irresistible ascensión de la telefonía móvil y la extensión de la sociedad de la información parecen explicaciones razonables para justificar la inclinación de nuestro gasto hacia las comunicaciones. Diferente parece ser el caso de la vivienda y la salud, donde los condicionantes externos, sean de precio o necesidad, explican el aumento del gasto. Finalmente, resulta destacable el esfuerzo relativo realizado en enseñanza, si es que podemos interpretarlo como gasto de formación ante un empeoramiento de las condiciones objetivas del mercado de trabajo.

En el extremo opuesto, muchas son las partidas de gasto que se han recortado. Unas menos, como la alimentación, el ocio y la cultura; otras, muy sensiblemente, como las compras de artículos del hogar, las salidas a restaurantes, el consumo de ropa y, esto quizás es un punto positivo de la crisis, la compra de bebidas alcohólicas y tabaco.

Pero entre todas destaca el descenso de la parte del presupuesto familiar dedicada al transporte. En el año 2010 las familias gastaron 63.183 millones de euros en transporte, un 20,8% menos que en 2007. Esta cifra supuso el 12,0% del presupuesto familiar, 2,7 puntos menos que en 2007, y quedó relegada a un tercer lugar después del gasto en vivienda (29,4%) y alimentación (14,4% ).


¿Cómo es que la crisis ha incidido tan severamente en el gasto familiar en transporte?
El transporte o la movilidad en sentido amplio es una de las necesidades primarias de nuestra sociedad. Sin embargo, parece que la hemos desterrado de nuestras prioridades. ¿Por necesidad? ¿Por conveniencia? ¿Qué hemos cambiado para gastar menos en transporte? ¿Nos movemos menos con la crisis, lo hacemos de otra manera? ¿Dejamos de lado tareas importantes de mantenimiento de los vehículos? ¿Alargamos su vida útil poniendo en riesgo la seguridad?

La respuesta a estas preguntas no es unívoca en la medida en que el gasto en transporte es muy variado y cada componente ha experimentado una evolución diferenciada. De entrada, el Instituto Nacional de Estadística (www.ine.es) incluye dentro de la rúbrica de transportes de la encuesta de presupuestos familiares tanto la compra de vehículos nuevos o de segunda mano como el conjunto de gastos necesarios para su funcionamiento y mantenimiento, los servicios anexos a la movilidad como los peajes, aparcamientos o inspecciones reguladas y, lógicamente todo el gran componente de transporte colectivo. En este último bloque hay que contar tanto el transporte urbano como el interurbano por cualquier medio.

Esta clasificación incluye conceptos económicos distintos desde un punto de vista de la naturaleza del gasto. Por un lado, la compra de vehículos, al menos desde el punto de vista familiar (que no macroeconómico) es más una inversión que un gasto de consumo como lo son las otras asociadas a la movilidad cotidiana. Lógicamente, desde la perspectiva individual es muy distinto comprarse un coche, que alargará su vida durante unos años, que pagar un aparcamiento o un peaje, hacer la revisión del coche o coger el metro. Por otra parte, la compra de un vehículo es, en sí misma, un gasto puntual para una familia mucho más importante que el resto de gastos de transporte.

Esto hace, lógicamente, que la compra de vehículos aparezca como núcleo fundamental del gasto familiar año tras año y determine la tendencia general de los gastos de transporte. De hecho, la compra de vehículos representaba el año 2010 casi la tercera parte del gasto total en transporte y su declive pronunciado en los últimos años, un 34,4% en términos monetarios desde 2007, ha determinado el balance del consumo de transporte familiar.

Descontando la compra de vehículos, el resto de gasto en transporte tiene dos componentes principales por su importancia relativa. Por un lado el consumo de carburantes, por otro las reparaciones y el mantenimiento, que suponen respectivamente el 33,8% y el 19,6% del gasto total. En ambos casos, el importe gastado por las familias en el año 2010 se encuentra claramente por debajo del nivel de 2007 reflejando, en el primer caso, la renuncia obligada al automóvil por cuestiones de pérdida del puesto de trabajo, o bien la decisión voluntaria de prescindir de ellos decantándose hacia alternativas de transporte público más económicas. En el segundo caso, el menor gasto en los talleres parece una consecuencia lógica del ajuste de las rentas familiares.

En tercer lugar, son también notables los gastos en aparcamientos, peajes o inspecciones técnicas de vehículos, todos ellos asociados al uso habitual del vehículo privado. En este caso, tanto el gasto en aparcamientos como en peajes ha experimentado un descenso notable durante el período de crisis, reflejando probablemente un menor uso del coche en zonas urbanas o la renuncia a guardar el vehículo a cubierto y también los menores desplazamientos de media distancia por vías rápidas de pago. En cuanto a la ITV, en cambio, se aprecia un modesto aumento del gasto que debe asociarse al progresivo envejecimiento del parque.

Los efectos de la crisis también se han hecho evidentes en el uso del transporte colectivo interurbano. Ha bajado sensiblemente el gasto en transporte terrestre, tanto por ferrocarril a distancia media, como por autobús, y también los desplazamientos en avión y por mar. Lógicamente, las familias han adaptado sus comportamientos de ocio moviéndose en ámbitos territoriales más limitados.

Finalmente, y a diferencia de la totalidad de partidas de gasto, destaca el aumento de los recursos destinados por los hogares al transporte público urbano. En términos reales, el gasto en esta parte del presupuesto familiar ha aumentado un modesto pero significativo 1,0% entre el año 2010 y el 2007, lo que indicaría una opción clara de cambio de modalidad. La población urbana se ha decantado por el uso del transporte público dejando el coche en casa o sólo utilizándolo en caso de verdadera necesidad, impulsada por una voluntad decidida de poner racionalidad económica en la propia movilidad.

La crisis también ha tenido efectos positivos sobre el modelo de movilidadLa crisis, es evidente, se ha manifestado con toda su fuerza sobre el modelo de movilidad cotidiana de las familias con un cambio claro en el patrón de gasto en transporte.

En términos globales, este cambio de patrón ha influido muy negativamente sobre la actividad económica en la medida en que supone una reducción prácticamente generalizada de la demanda de productos y servicios relacionados con el transporte familiar. Las consecuencias más visibles han afectado al sector del automóvil, en el que tanto los fabricantes como los concesionarios están pasando momentos complicados y no sólo en el mercado del vehículo nuevo sino también en el de ocasión. Del mismo modo, también los talleres de reparaciones y las sociedades gestoras de aparcamientos han visto caer su facturación, las concesionarias de autopistas han visto disminuir el tráfico y los operadores de transporte interurbano se han tenido que adaptar a una demanda más débil. En definitiva, todos los operadores de movilidad han perdido capacidad de generar renta y empleo.

Desde esta perspectiva, el balance de la crisis en el sector es catastrófico pero también hay efectos colaterales claramente perjudiciales si valoramos las externalidades, principalmente contaminación y seguridad. La caída de la compra de vehículos determina de manera automática un descenso de la tasa de renovación del parque, lo que supone un incremento de la edad media de los vehículos. Un parque más envejecido es un parque menos eficiente tanto en términos de contaminación como en términos de seguridad. Del mismo modo, un descenso en las operaciones rutinarias de mantenimiento de los vehículos genera efectos similares aunque de difícil cuantificación.

Este balance negativo, afortunadamente, queda parcialmente compensado por la disminución de tráfico. Por un lado, un menor consumo de carburantes supone unas emisiones más reducidas y por otro lado, la menor intensidad circulatoria favorece una reducción estadística de la siniestralidad.

También en el lado positivo de la balanza hay que tener en cuenta la opción ciudadana por el cambio modal. Un mayor uso del transporte público aporta indudablemente racionalidad al sistema, favorece la reducción de la congestión e incide directamente en el modelo de conducta cotidiano del ciudadano. Así, una decisión fundamentada en motivos económicos de corto plazo y, a priori, difícil de aceptar para su conveniencia, puede ser un paso relevante en el camino de cambio en la cultura de la movilidad, ya que el sentido común nos recomienda saber apreciar las ventajas de toda nueva situación, incluso si ésta ha sido elegida por necesidad.